Janoj, Jinuj, Janucá

 

Por María Teresa D’Auria

(Montevideo)

No ha de ser casualidad que estos tres términos tengan la misma raíz (JET-NUN-JAF). La idea de comienzos está presente en los tres: janoj, es el iniciado; jinuj (la educación) es la iniciación a la cultura en su sentido más cabal; y janucá es la inauguración de un nueva etapa para el Templo de Jerusalén.

Pero sería interesante interrogarse tratando de buscar más relaciones.

Entre janoj y janucá, primero. Los 365 años de janoj han hecho vincular esta figura con el ciclo solar. janucá por su parte, nunca está lejos del solsticio. Se le atribuye a janoj el “sod ha ‘ibbur” (el conocimiento de la relación entre los calendarios solar y lunar, que permite dominar los desfasajes). Janucá evoca la superación de un conflicto entre el sol (que representa las naciones) y la luna (que es símbolo de Israel).

Podría anotarse, al pasar, que si janucá recuerda que Israel no puede confundirse con las naciones, el libro de Jonás sugiere que tampoco puede realizar su misión sin ellas. El nombre “Jonás” (IUD-VAV-NUN-HEI) tiene un valor numérico de 70+1 (70=las naciones; única, como la paloma del Cantar, Israel). Y en “Iehudá”(IUD-HEI-VAV-DALET-HEI) podría encontrarse como una puerta (délet) que introdujera el Tetragrama (IUD-HEI-VAV-HEI). Irremplazable es la función de la puerta; pero importante, también, que se entre por ella.

Si ahora buscáramos qué parentesco podría haber entre jinuj y janucá, varias cosas habría que observar.

El educando y las luces viven procesos de crecimiento continuo, orientados ambos al futuro. (Si se sumaran, acumulativamente, el número de luces que se han prendido (shamash incluido) a lo largo de 8 días y las de nombre divino “ehie” (ALEF-HEI-IUD-HEI) también en progresión acumulativa, se obtendría el mismo número 44: Como para dejarle abierto el camino a la sorpresa del mañana: ehié.

Día a día el pedagogo ha de ir aumentando el número de exigencias; pero por contagio, quemándose él primero, como el shamash.

La verdadera educación no empieza por lo normativo sino por lo gratuito, aquello que atrae por su belleza. Las luces de Janucá no pueden ser utilitarias, el trompo gira jugando y la llama derrocha maravilla y misterio.

Se ha visto en la palabra “ner” (NUN-RESH) el acróstico de “néfesh”-“rúaj”. Néfesh, nuestra tendencia instintiva, que obedece a la gravedad; y Rúaj, aquella fuerza del espíritu que, como el fuego (como Janoj, arrebatado al cielo), tiende hacia lo alto. Orientar las energías del educando para que queme su sustancia (el pabilo) de modo que dé luz es la noble tarea del pedagogo. (No hay que olvidar, tampoco, que, con las mismas letras de “pabilo” (petila) puede escribirse “plegaria” (tefilá).

Bueno sería terminar estas reflexiones con palabras de Josy Eisenberg (de “Le chandelier d’or”): “Esta llamita que, según todos los pronósticos. debía apagarse y que sobrevivió más allá de sus reservas de energía física, ¿no es acaso la mejor imagen que pueda darse del destino de Israel?”